Me he bajado cuatro paradas antes y he caminado a casa.
A pesar del frío.
Monopolizando el viento en La Ciudad vacía, que me deja, unos labios acuchillados, sin tiempo para bersarte
y unas medias lunas rojas en las palmas ateridas, de unas uñas tal vez demasido largas.
La certeza de estar viva llega a tres minutos de acabar el día.
El resto fue trabajo.
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Tan rutinariamente cotidiano… y sin embargo, divino.
Parece imposible encontrar razones para vivir en una ciudad fria y vacia, pero leyendo este poema es una certeza q las hay. (T devuelvo la visita. Bonito blog)